20 de noviembre de 2014

Cómo se pianta la vida

"En lugar de los chicos, a la salida encontró un grupo de muchachones distribuidos en dos filas, contra las casas y en el cordón de la vereda. Mientras pasaba por el medio, uno canturreó:
—Cómo se pianta la vida del muchacho calavera.
—Les prevengo que todo eso ya se acabó —dijo Vidal y siguió de largo". 
Diario de la guerra del cerdo
Adolfo Bioy Casares


Cómo se pianta la vida
Berretines locos de muchacho rana
me arrastraron ciego en mi juventud,
en milongas, timbas y en otras macanas
donde fui palmando toda mi salud.
Mi copa bohemia rubia de champaña
brindando amoríos borracho la alcé.
Mi vida fue un barco cargado de hazañas
que junto a las playas del mal lo encallé.

¡Cómo se pianta la vida!
¡Cómo rezongan los años
cuando fieros desengaños
nos van abriendo una herida!
Es triste la primavera
si se vive desteñida...
¡Cómo se pianta la vida
del muchacho calavera!

Los veinte abriles cantaron un día
la milonga triste de mi berretín
y en la contradanza de esa algarabía
al trompo de mi alma le faltó piolín.
Hoy estoy pagando aquellas ranadas,
final de los vivos que siempre se da.
Me encuentro sin chance en esta jugada...
La muerte sin grupo ha entrado a tallar...

Letra y música: Carlos Viván



13 de noviembre de 2014

Diario de la guerra del cerdo




Tú, que me miras a mí
tan triste, mortal y feo,
mira, talegón, por ti
que como te ves me vi
y veráste cual me veo.

Francisco de Quevedo

  La juventud confrontada a la vejez ha sido un tema recurrente a lo largo de la historia del arte, la filosofía, la cultura, como no podía ser de otra manera, porque es una cuestión consustancial al ser humano; sin embargo, algunos períodos de tiempo son más sensibles a este asunto, por ejemplo, aquellos en los que se presenta una gran crisis  existencial, la cual lleva a que se disipen las certezas adquiridas por el hombre, se pongan en entredicho sus creencias y éste pierda la confianza en sí mismo; esto ocurre en el Barroco, y, a partir de ahí, a pesar de las fluctuaciones de ideas de una época a otra, persiste, con diferente intensidad, la preocupación  del individuo por su condición efímera y la reflexión se sigue orientando hacia la fugacidad, la fragilidad, la inestabilidad de la vida humana, poniendo el acento en la oposición entre estas dos edades: por una parte, la juventud con su belleza, vigor, energía, y, por otra, su antítesis: la vejez. En esta línea, tratada por un sinfín de autores, se encuentra la novela de Bioy Casares Diario de la guerra del cerdo (inspirada en guerrillas juveniles de su tierra natal en los años 60, entre otras situaciones), donde, con un tono sumamente pesimista y a veces paródico, aborda esta problemática a la manera de una pugna iniciada por los jóvenes, quienes pretenden eliminar a los viejos dándoles muerte, ya que consideran su vida banal e inservible; esto crea una situación de miedo entre los mayores que les impide hacer una vida normal, no pueden salir tranquilamente de sus casas debido al temor de ser atacados por el mero hecho de tener una edad avanzada. Por su parte, los viejos critican en los jóvenes su falta de sensibilidad, de juicio, de criterio; ambos llaman cerdo a su oponente en edad, denigrando y envileciendo el momento de la vida por el que el otro está pasando. Pero resulta que los protagonistas (los viejos) y los antagonistas (los jóvenes) son las dos caras de un mismo ser: “…hay un hecho irrefutable: la identificación de los jóvenes con los viejos” (p. 117). Unos se miran en los otros: los jóvenes odian en los viejos lo que ellos mismos serán y sufren anticipadamente esa suerte que les espera; así, matar a un viejo es como un suicidio. El planteamiento de esta narración no se refiere a la muerte del mayor como una posibilidad para que el joven alcance su emancipación,  su madurez, su autonomía para desarrollar sus propias posibilidades o para ocupar los puestos que los viejos dejen vacantes; el matar al viejo está ligado  únicamente a que en él se representa el inexorable paso del tiempo, es la visión de la decrepitud, inherente a la propia vida del joven y no gusta, por eso quieren aniquilarla. En cuanto a los mayores, añoran la juventud y conquistan mujeres jóvenes para sentirse todavía  capaces de despertar interés en ellas y poder  mantener de esta manera  un sentimiento jovial, no obstante estas conquistas no son sólidas, por eso la relación de Isidoro, personaje central de la novela, con Nélida, no prospera. Arrinconado por su hijo Isidorito, entregado a sus recuerdos y cuya única diversión es jugar al truco con sus amigos, él decide, en parte presionado por el entorno, que ya no es tiempo para hacer planes, pues, a decir de él mismo, es “…un animal moribundo…” (p. 119). Y tal vez sólo haya visto su relación con esta persona como el reflejo de una experiencia anterior con otra mujer, cuyo  nombre era casualmente el mismo y que le fue mucho más gratificante.  Al final, no puede compaginar su ilusión por la actual  Nélida con la pérdida de la juventud y decide no seguir adelante.


  Aunque al final la guerra se termina, la derrota sufrida no es sólo por la muerte de unos cuantos viejos y un joven (Isidorito). La gran derrota se manifiesta en todas las acciones de la obra, ligadas a la visión de la vida que tienen los personajes, quienes están imposibilitados para realizarse como personas. Los jóvenes, envenenados por un futuro aún no llegado, dirigen sus energías a poner fin, a denigrar a los viejos, en vez de aprender de ellos; además, si quieren seguir vivos envejecerán, como dice García Márquez en Memoria de mis putas tristes: llegar a los 90 años “…son riesgos de estar vivo…”. Los viejos, por su lado (en particular Isidoro), están vencidos, desesperanzados y en lugar de aceptar el reto  de nuevas vivencias, dan su vida por acabada antes de que llegue la muerte.

Adolfo Bioy Casares
Diario de la guerra del cerdo
Barcelona, Altaya, 1999


27 de octubre de 2014

Coincidencias

De Augusto Monterroso a John M. Coetzee pasando por esta cita de William Blake: “Sooner murder an infant in its cradle than nurseunacted desires”.
El primero la colocó antes de su cuento “Diógenes también”. El sudafricano la recordó en su novela Desgracia.



¿Qué posibilidades existían de que después de leer el cuento del guatemalteco en el club de lectura y detenernos muy mucho en esa cita me caiga en las manos la novela de Coetzee haciendo que de pronto Blake y sus reflexiones cobren una importancia inesperada?

He aquí un ejemplo de la magia de la lectura. 

 

14 de octubre de 2014

Diecinueve escalones



Empezamos la segunda etapa de este blog y de este club de lectura.
Nos hemos puesto nombre y para ello hemos recurrido a Borges, el imprescindible. Bajaremos los diecinueve escalones que nos separan del aleph poco a poco, sin ninguna prisa. Sabemos que “el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera”.

Aceptamos compañeros de escalera con sus opiniones, colaboraciones y sugerencias: 

En el apartado CALENDARIO DE LECTURAS podéis seguir nuestros avances para que este club se convierta en digital. 

Nos leemos. 


3 de julio de 2014

Augusto Monterroso: "El eclipse"


"Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles".

Augusto Monterroso
Obras completas (y otros cuentos)
Barcelona, Anagrama, 1998


15 de junio de 2014

Augusto Monterroso: Obras completas (y otros cuentos)




Monterroso es genial, y no espera a que abramos el libro; con el título ya nos ha ganado. Sabemos que lo suyo son las palabras: escogerlas, retorcerlas, exprimirlas, juntarlas y crear con ellas el cuento más corto y más comentado de la historia de los cuentos.
Pero no debemos conformarnos con el dinosaurio, hay mucho Monterroso desternillante y derrochando ironía en textos como “Mister Taylor”, “Sinfonía concluida” o “Primera dama”.
Es pura genialidad “El eclipse”, breve pero con un final perfecto. También de antología “Leopoldo (sus trabajos)”, un cuento parodiando a un escritor de cuentos.
Escribir sobre Monterroso es inútil y osado. Ahí están sus textos. Aunque solo sean las siete malditas palabras. Ahí está todo (y nada)*. 


*El sopor del mundo, la capacidad de sorpresa, los ojos del alma…, o simplemente, un dinosaurio que no se ha movido. 


Augusto Monterroso
Obras completas (y otros cuentos)
Barcelona, Anagrama, 1998

 

2 de junio de 2014

Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda


El lector ha salido de la biblioteca, se ha quitado las gafas, no presume de títulos ni se entierra entre volúmenes.

Antonio José Bolívar Proaño es EL LECTOR, aunque no conoce a Julien Sorel ni a don Quijote ni a Tolstoi ni a Kafka, porque no salen en las novelas de amor malas que él lee. 

El personaje de Sepúlveda nos recuerda el poder de la lectura, pero también el rito, la mirada sobre el libro como objeto, y sobre todo, nos emociona y nos inquieta ante una estampa: la de la verdadera construcción de la imaginación

Antonio José Bolívar Proaño nunca ha visto una ciudad europea ni nada parecido, ni ha amado ni por supuesto ha besado ardorosamente, pero es el mejor lector que Venecia y sus idilios en góndola hubieran podido siquiera alcanzar a desear.  


29 de mayo de 2014

La lectura: única posibilidad de salvación, en Un viejo que leía novelas de amor





Esta novela, fácil de leer, nos ofrece, no obstante, una gran riqueza, no sólo en lo que se refiere a las certeras descripciones del entorno en el que se desenvuelve la historia, o a la trama, con sus saltos al pasado a través del recuerdo del protagonista, que, así, va delineando la trayectoria que recorre hasta llegar al momento presente de la narración; sino, sobre todo, al trazo de este mismo personaje: Antonio José Bolívar Proaño, cuya vida transcurre, en su mayor parte, en la Selva Amazónica ecuatoriana, en contacto con los shuar, lo cual determina su toma de conciencia: la necesidad de preservar estos parajes, así como las costumbres y cultura de sus habitantes. Esta postura ya no lo va a abandonar; aunque él nace en otro mundo y llega a la selva como un colono más, seducido por los beneficios que ello le aportaría, sin plantearse, en esos momentos, si esta situación es o no injusta. Su convivencia con los shuar, una vez que muere su esposa y que supera su odio inicial por este sitio, lo lleva a una nueva forma de vida en la que adquiere habilidades físicas (sus músculos llegan a ser como los de un felino y su experiencia en la selva va templando cada detalle de su cuerpo) que contribuyen a la conservación de su integridad en la jungla y, además, participa del modo de actuar establecido por la tradición de este pueblo; asimismo, desarrolla capacidades emotivas (su empatía por Nushiño y su relación amorosa con una mujer, en la cual no cabían los celos ni la falta de libertad). Sin embargo, las circunstancias lo excluyen del grupo indígena, cuyas costumbres son inflexibles, y su vida se aboca hacia un nuevo interés: la lectura; es decir que Bolívar Proaño da un gran giro y va a cultivar el intelecto, un aspecto de su persona que, durante su estancia en la selva, había estado relegado. Su enfrentamiento con las novelas de amor le descubre la posibilidad de una existencia paralela, que le devuelve el equilibrio perdido, porque el amor contrarresta la violencia vivida, además, la lectura se convierte en su gran compañía y le ayuda a ver sus propios sentimientos, con lo cual se enriquece, se entiende mejor a sí mismo y, por consiguiente, al mundo. El viejo busca el ambiente propicio para leer, porque sabe que esta actividad exige el abandono de ciertas condiciones externas para experimentar un estado de conciencia diferente que le permite esta elucidación. 

La obra de Sepúlveda es una exaltación de la selva y de los shuar, la cual lleva a cabo utilizando  varios recursos descriptivos y, por supuesto, también la situación contrapuesta: la denigración del hombre blanco, personificado en el alcalde, al que toma como su arquetipo, reduciéndolo a unos cuantos rasgos caricaturescos. Pero, para él, el “hombre blanco”, en particular su personaje, también tiene una posibilidad de salvación: la lectura, la cual incita al pensamiento y forma un espíritu realmente humano.


Luis Sepúlveda
Un viejo que leía novelas de amor
Barcelona, Tusquets, 2001