7 de mayo de 2015

Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa



Pobre Pantaleón. Panta. Pantita. A quién se le ocurre ser competente en su trabajo. Acata órdenes, guarda secretos, se entrega en cuerpo y alma Pantaleón Pantoja, capitán del ilustre Ejército peruano.
Algo tiene este personaje de su autor, los dos tan metódicos y perfeccionistas. Uno organiza un eficaz y disparatado servicio de visitadoras. El otro construye un mecanismo igual de perfecto y desmesurado: una novela casi sin narrador, diez capítulos compuestos por informes del ejército, cartas, noticias de prensa y radio, sueños y pesadillas del protagonista. Y esos diálogos-apuntes-narraciones certeras, mezcla de fragmentos de conversaciones que son un ejemplo magistral de síntesis y habilidad discursiva:
“-Qué buen mozo te ves de capitán hijito- dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la mesa la señora Leonor”.
Mario Vargas Llosa cambia de voz como un ventrílocuo, y todas las conoce y las domina: la del periodismo amarillo, la de la burocracia, la epistolar, la del locutor incendiario… Así se confiesa en un prólogo que añadió a la novela en 1999:
“La historia está basada en un hecho real –un “servicio de visitadoras” organizado por el Ejército peruano para desahogar las ansias sexuales de las guarniciones amazónicas-, que conocí de cerca en dos viajes a la Amazonía –en 1958 y 1962-, magnificado y distorsionado hasta convertirse en una farsa truculenta. Por increíble que parezca, pervertido como yo estaba por la teoría del compromiso en su versión sartreana, intenté al principio contar esta historia en serio. Descubrí que era imposible, que ella exigía la burla y la carcajada. Fue una experiencia liberadora, que me reveló -¡sólo entonces!- las posibilidades del juego y el humor en la literatura.
(…)
Algunos años después de publicado el libro –con un éxito de público que no tuve antes ni he vuelto a tener- recibí una llamada misteriosa, en Lima: “Yo soy el capitán Pantaleón Pantoja”, me dijo la enérgica voz. “Veámonos para que me explique cómo conoció mi historia”. Me negué a verlo, fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real”.
Pobre Pantita. “Si al menos hubiera organizado la cosa de una manera mediocre, defectuosa. Pero ese idiota ha convertido el Servicio de Visitadoras en el organismo más eficiente de las Fuerzas Armadas”.

Mario Vargas Llosa
Pantaleón y las visitadoras
Madrid, Alfaguara, 2004 

18 de abril de 2015

Vivir para contarla de Gabriel García Márquez

“Ni mi madre ni yo,
por supuesto,
hubiéramos podido imaginar siquiera
que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí,
que la más larga y diligente de las vidas
no me alcanzaría para acabar de contarlo”.

Un libro que es a la vez un principio y un final. Aquí está el germen del gran escritor, las primeras miradas sobre sus textos, la explicación que no necesitábamos, pero gracias infinitas. La última pieza del puzle ha sido colocada.
Vivir para contarla es historia de Colombia, política y literaria, historia de una familia (esa palabra en García Márquez…), pero sobre todo historia de unas novelas y unos cuentos que la convierten en biografía compartida. Porque cuando reconocemos el taller de platería donde se fabricaban pescaditos de oro, el anciano esperando su pensión de veterano, la niña que se alimentaba con “la tierra húmeda del jardín y las tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas”, nos reconocemos y nos entendemos. Gabriel García Márquez ya es de todos y por eso su biografía es obligatoria.
Aquí están “La siesta del martes”, el soberbio final de El coronel no tiene quien le escriba (con un guiño a Santa Rita de Casia), el primer cartel que ponía Macondo, los pasquines de Sucre, el verdadero Santiago Nasar. Aquí está sobre todo la mirada especial de genio, que pronto descubrió “que uno de los secretos más útiles para escribir es aprender a leer los jeroglíficos de la realidad sin tocar una puerta para preguntar nada”. Los pasos que da el escritor, de la anécdota de un crimen a la tragedia de la responsabilidad colectiva, del Caribe a la universalidad del mito, son esclarecedores.
No defrauda esta biografía porque en ella está el Gabriel García Márquez más genuino, manejando el tiempo a su antojo, aunque aparentemente sea más lineal que nunca. No faltan sus recopilaciones evocadoras:
“arrastré la maleta por un matorral tapizado de cangrejos vivos cuyas cáscaras traqueteaban como petardos bajo las suelas de los zapatos. Fue imposible no acordarme entonces del petate que mis compañeros tiraron al río Magdalena en mi primer viaje, o del baúl funerario que arrastré por medio país llorando de rabia en mis primeros años del liceo y que boté por fin en un precipicio de los Andes en honor de mi grado de bachiller. Siempre me pareció que había algo de un destino ajeno en aquellas sobrecargas inmerecidas”.
Ni esas frases perfectas que cuando parecen haber acabado todavía reservan una sorpresa:
[la estatua del]“general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, mi héroe desde que me lo ordenó mi abuelo, con su radiante uniforme de gala y su cabeza de emperador romano, cagado por las golondrinas”.
Un gran título. Un gran principio. Un gran final. Todas las ciudades: Aracataca, Barranquilla, Sucre, Bogotá, Cartagena de Indias. Personajes inolvidables:
“los nombres de la familia me llamaban la atención porque me parecían únicos. Primero los de la línea materna: Tranquilina, Wenefrida, Francisca Simodosea. Más tarde, el de mi abuela paterna: Argemira, y los de sus padres: Lozana y Aminadab. Tal vez de allí me viene la creencia de que los personajes de mis novelas no caminan con sus propios pies mientras no tengan un nombre que se identifique con su modo de ser”.
La generosidad de García Márquez es excepcional. Nos permite acompañarle en el proceso de búsqueda de su propia voz, “la tozudez de aprender a escribir” de aquel que ya sabía contar, el niño que inventaba “técnicas de narrador en ciernes para hacer la realidad más divertida y comprensible”.
Ese proceso pasa por el periodismo, cuando el periodismo, a pesar de las mentiras, era más real, y se podía publicar un reportaje sobre la Oficina de Rezagos del Correo Nacional y las noticias se escribían en una pizarra para que la gente decidiera si las aplaudía o las apedreaba y bastaba decir que eras escritor y hablar de tus obras futuras, inventando el género de la “ficción de la ficción”.  
No me extraña que le copien, que de repente todos quieran ser escritores tras la estela del colombiano. Quién no sueña con formar un grupo como el de Barranquilla y hablar sobre literatura en bares de mala muerte.  


Gabriel García Márquez
Vivir para contarla
Barcelona, Mondadori, 2002

17 de abril de 2015

Ciudades II. Las ciudades de Gabriel García Márquez

Da igual que sean reales o imaginarias. Se le daba muy bien describirlas…


Cartagena de Indias 
"No había un alma en las calles. Las muchedumbres que llegaban de los suburbios al amanecer para trabajar o vender, volvían en tropel a sus barriadas a las cinco de la tarde, y los habitantes del recinto amurallado se encerraban en sus casas para cenar y jugar al dominó hasta la medianoche. El hábito de los automóviles personales no estaba todavía establecido, y los pocos en servicio se quedaban fuera de la muralla. Aun los funcionarios más encopetados seguían llegando hasta la plaza de los Coches en los autobuses de artesanía local, y desde allí se abrían paso hasta sus oficinas o saltando por encima de las tiendas de baratijas expuestas en los andenes públicos. Un gobernador de los más remilgados de aquellos años trágicos se preciaba de seguir viajando desde su barrio de elegidos hasta la plaza de los Coches en los mismos autobuses en que había ido a la escuela.

El alivio de los automóviles había sido forzoso porque iban en sentido contrario de la realidad histórica: no cabían en las calles estrechas y torcidas de la ciudad donde resonaban en la noche los cascos sin herrar de los caballos raquíticos. En tiempos de grandes calores, cuando se abrían los balcones para que entrara el fresco de los parques, se oían las ráfagas de las conversaciones más íntimas con una resonancia fantasmal. Los abuelos adormitados oían pasos furtivos en las calles de piedra, les ponían atención sin abrir los ojos hasta reconocerlos, y decían desencantados: «Ahí va José Antonio para donde Chabela». Lo único que en realidad sacaba de quicio a los desvelados eran los golpes secos de las fichas en la mesa de dominó, que resonaban en todo el ámbito amurallado".

Bogotá 
“Bogotá era entonces una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna insomne desde principios del siglo XVI (…).
Me impresionaron los percherones gigantescos que tiraban de los carros de cerveza, las chispas de pirotecnia de los tranvías al doblar las esquinas y los estorbos del tránsito para dar paso a los entierros de a pie bajo la lluvia. Eran los más lúgubres, con carrozas de lujo y caballos engringolados de terciopelo y morriones de plumones negros, con cadáveres de buenas familias que se comportaban como los inventores de la muerte. En el atrio de la iglesia de las Nieves vi desde el taxi la primera mujer en las calles, esbelta y sigilosa, y con tanta prestancia como una reina de luto, pero me quedé para siempre con la mitad de la ilusión, porque llevaba la cara cubierta con un velo infranqueable”.

Gabriel García Márquez
Vivir para contarla
Barcelona, Mondadori, 2002


14 de abril de 2015

Eduardo Galeano

Hay que seguir ESCUCHANDO a Galeano.
Nuestro pequeño recuerdo...


Ha muerto Eduardo Galeano.
Y nos pondremos ñoños y haremos juegos de palabras con los títulos de sus obras.

Más allá de los que le recuerdan sin haberle leído, más allá de los que utilizarán su nombre y sus estribillos, más allá de los que lo citarán para quedar bien y de los que lo criticarán por hacerse los interesantes, más allá de las anécdotas tergiversadas, los titulares buscando lectores a su costa y las editoriales planeando póstumamente, algunos estamos tristes...

Lee la entrada completa aquí.

 

22 de marzo de 2015

Ciudades: Nueva York


Nueva York no tiene una tradición, no tiene una historia; no puede haber historia donde no existen recuerdos a los cuales aferrarse, porque la misma ciudad está en constante cambio, en constante construcción y derrumbe, para levantar nuevos edificios; donde ayer había un supermercado, hoy hay una tienda de verduras y mañana habrá un cine; luego se convierte en un banco. La ciudad es una enorme fábrica desalmada sin lugar para acoger al transeúnte que quiera descansar; sin sitios donde uno pueda, simplemente, estar sin pagar a precio de dólar la bocanada de aire que se respira o la silla en que nos sentamos a tomarnos un descanso”.
Reinaldo Arenas, Antes que anochezca


“Una masa de humanidad echándose sobre él desde todas direcciones. Músicos andinos tocando la flauta y el tambor en Union Square. Bomberos solemnes saludando con la cabeza a la multitud congregada ante un santuario dedicado al 11-S frente a un cuartel de bomberos. Un par de mujeres con abrigos de piel apropiándose descaradamente de un taxi que Casey había parado delante de Bloomingdale's. Lolitas de secundaria, con vaqueros bajo las minifaldas, repantigadas en el metro con las piernas abiertas. Chavales negros con trenzas africanas y enormes y amenazadoras parkas, soldados de la Guardia Nacional con armas de última generación. Y la abuela china pregonando DVD de películas que ni siquiera se habían estrenado, el bailarín de breakdance que se desgarró un músculo o un tendón y se sentó en el suelo meciéndose de dolor en un vagón de metro de la línea 6, el saxofonista insistente al que Joey dio cinco dólares para que pudiera trasladarse hasta el local donde tenía un bolo, pese a advertirle Casey que era un timo: cada encuentro era como un poema que memorizaba al instante. Los padres de Casey vivían en un apartamento con un ascensor cuyas puertas daban directamente a la vivienda, elemento imprescindible, decidió Joey, si alguna vez triunfaba en Nueva York”.


Jonathan Franzen, Libertad


"Nueva York empezó a gustarme por su chispeante y aventurera sensación nocturna, y por la satisfacción que presta a la mirada humana su constante revoloteo de hombres, mujeres y máquinas. Gustaba de pasear por la Quinta Avenida y elegir románticas mujeres de entre la multitud; imaginar que dentro de breves minutos, irrumpiría en su vida sin que nadie lo supiera ni lo desaprobara. A veces las seguía, con el pensamiento, a sus pisos situados en las esquinas de las ocultas callejas, desde donde se volvían, sonriéndome, antes de desaparecer en la cálida oscuridad. En el encantador crepúsculo metropolitano, sentía a veces una obsesionante soledad, y la sentía también en otros pobres empleadillos que pasaban el rato frente a los escaparates, esperando la hora de una solitaria cena en un restaurante; empleadillos ociosos en el crepúsculo, que desperdiciaban los más conmovedores instantes de la noche y de la vida". 


20 de marzo de 2015

Coincidencias V

Maldiciones

“escribir no es una profesión, sino una especie de maldición”.
Reinaldo Arenas

"Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba".

Clarice Lispector 

19 de marzo de 2015

Antes que anochezca de Reinaldo Arenas


O cómo tener una vida apasionante y no saber contarla (siendo escritor).
Cómo escribir desde unas circunstancias atroces y no llegar a conmover al lector. Ni un poquito.
Cómo encontrar un título evocador, interesante. Y explicarlo. Y volverlo literal. Y decepcionar.
Antes que anochezca es la antiautobiografía.
Sin estructura, sin ritmo, sin coherencia, sin criterio.
Escrita rápido, y mal. Una simple sucesión de anécdotas, totalmente lineal, un corta y pega de momentos.
Los personajes tan pronto son principales como desaparecen. Los grandes reencuentros se omiten. Demasiado Coco Salá y muy poco Abreu.
No hay escenas memorables, a pesar de todo: del caso Padilla, de nadar en la oscuridad, de Guantánamo sembrado de minas, de una celda inmunda, de la embajada de Perú, de Puerto Mariel, de historia con mayúsculas y con minúsculas, de conventos saqueados a partir de un agujero, de hambre, de pobreza extrema, de discursos…
Reinaldo Arenas es encarcelado y su única posesión será un ejemplar de La Ilíada (anécdota desperdiciada).
Escribir es para él un consuelo: aun sabiendo que sus manuscritos van a perderse, nunca dejará de hacerlo (mal contado).
El mar es el gran símbolo, la infancia, el erotismo, la libertad y a la vez la prisión (no resuelto).
Etcétera.
Dice Reinaldo Arenas que “Cuba es un país que produce canallas, delincuentes, demagogos y cobardes en relación desproporcionada a su población”. También produce grandes escritores, y muchos de ellos están en este libro, en los dos bandos. Y escritores malos. Reinaldo Arenas habla de unos cuantos, poetas exaltados, hombres y mujeres a los que las circunstancias los colocan de lleno en la literatura. En la mala, pero esa que es un desahogo, un escape, y una maldición. Una literatura que es protesta, como la homosexualidad, como la belleza, como cualquier diferencia. “La belleza bajo un sistema dictatorial es siempre disidente, porque toda dictadura es de por sí (…) grotesca”.
Reinaldo Arenas fue y sigue siendo un producto comercial. Lo usaron las editoriales cuando estaba atrapado en un régimen que lo ahogaba. Paradójicamente, dejó de ser un héroe cuando alcanzó la “libertad”. Renació como producto cuando su vida se convirtió en película. Cuando le pedían que moderase su denuncia, siempre contestaba que lo suyo era un grito, y que nunca conseguirían aplacar ese clamor: “grito, luego existo”.
Démosle entonces el papel de gritador, porque el de escritor le queda grande.

Reinaldo Arenas
Antes que anochezca
Barcelona, Tusquets, 2002

PD: de autobiografías va la cosa, porque nuestra próxima lectura es Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez, según Arenas, ese “pastiche de Faulkner (...). Su obra, además de algunos méritos, está permeada por un populismo de baratija”.

Nos arriesgaremos.



13 de marzo de 2015

La amortajada de María Luisa Bombal

No podrás morir.
Debajo de la tierra,
No podrás morir.

Jaime Sabines 


La amortajada se fundamenta en tres premisas principales: la observación,  la evocación y la reflexión. Ana María (ya amortajada) relata, según van pasando ante su lecho de muerte, la historia que la unió a cada uno de sus allegados, es decir, ellos son el desencadenante de sus recuerdos, y de su posterior reflexión; una vez que mira a estos personajes se produce la asociación mental que facilita su memoria de lo ocurrido y su análisis, lo cual la ayudará, después de muerta, a reconciliarse con situaciones que la perturbaron.
Desde el inicio se manifiesta la intención de la protagonista de contemplar con detenimiento lo que ocurre a su alrededor:
“Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos… era como si quisiera mirar…”.
Su observación anunciada por esos ojos entreabiertos que desean mirar, es restringida en el tiempo, solamente abarca unas cuantas horas, que van de la noche del velatorio a la mañana de su entierro, donde también se da la reflexión (una vez que vuelve de la evocación). El ámbito de ésta –de la evocación- en cambio, no es limitado, se hunde en las profundidades de un tiempo inabarcable, inmutable, que es su vida pasada, con sus amores, desamores, insatisfacciones…, por lo tanto su narración adquiere forma episódica, no lineal, porque es recuerdo, no acontecer.

Así, contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, la acción de la obra se concentra en la parte del relato que lo enmarca (no en la retrospección) o sea, cuando la amortajada está observando, reflexionando; en este momento hay en ella una percepción activa del mundo que la rodea, a pesar de la falta de movimiento que implica el hecho de estar muerta (“se ve inmóvil”, “permanece rígida”),  ella presenta un gran dinamismo interno: “la lluvia la mueve a entregarse a una sensación de bienestar”, “siente vibrar en su interior una nota sonora”, “ella veía y sentía”; sin embargo en la evocación no hay actividad, es el ámbito de la inmovilidad, no solamente por lo que ésta presupone:  hechos suspendidos en el tiempo, sino también por la actitud de los personajes, cuyas experiencias de vida no han servido para modificar su conducta. Ana María habla con frecuencia de su pasividad, de su sensación de estar petrificada, lo cual contrastaría con el hecho de estar viva, por eso se nos plantea la historia como una remembranza, no hay posibilidad de movimiento, de cambio y es solamente la muerte la que acaba dándole sentido a su vida, únicamente en ese momento decisivo es capaz de comprender las situaciones que estando viva, se le escapaban. De esta manera se desdibujan las fronteras entre muerte-vida; vida-muerte, porque la muerte es algo indisolublemente ligado a la existencia e igual que se puede estar muerto en vida, alguna forma de vida puede negar la muerte, la desaparición total, de ahí la sensación de la protagonista de hundir sus raíces en la tierra, ésta es su manera de permanecer, de trascender, no desde el punto de vista del cristianismo, porque, si bien la rodean de todos los símbolos de esta religión: cirios, crucifijo, sábanas bordadas, velones…, ella en ningún momento de su reflexión hace referencia a la salvación cristiana, al contrario, la pone en duda, le “dice” a su hermana Alicia: “Estoy aquí disgregándome bien apegada a la tierra y me pregunto si algún día veré la cara de tu Dios”. Lo que sí ve y siente es su comunión profunda con el cosmos.


12 de marzo de 2015

Gastronomía y literatura

Otra demostración de lo gastronómica que es la literatura


“Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber entonces cuál debe ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa”.

Gabriel García Márquez
Prólogo a Doce cuentos peregrinos

9 de marzo de 2015

María Luisa Bombal: La última niebla, La amortajada

Comparto la idea de Elena respecto a lo decimonónico de su autora, pero creo que cada autor es fruto de sus circunstancias y de la situación histórica en la que vivió. Y, así Luisa Bombal nació recién finalizado el siglo. Pero el pensamiento, las filosofías y los movimientos artísticos desarrollados durante esos años no finalizan bruscamente con el término de un año, década o siglo, sino que su ruptura se dispersa lentamente con el devenir de nuevos años y nuevas generaciones.
Luisa Bombal, tal vez heredera, aún, de ese romanticismo ya lánguido todavía sigue inmersa en ese modo de vida tan trascendental, en ese gusto por la muerte tan característico de los artistas del Romanticismo, en el que descubrían belleza, en ese aflorar tan intenso de los sentimientos a través de los que manifestaban el arte y gobernaban todas las acciones. Uno de ellos, la admiración por la naturaleza y por asirse a la Madre Tierra con entrenzadas raíces como el pelo de la mujer.  Un ensimismamiento  romántico que se prolonga más allá de la pintura de la época y cuyas reminiscencias Bombal manifiesta con un lenguaje rico, casi florido, que deleitan la lectura y amenizan lo que de otro modo podría llegar a ser tedioso por el lirismo del que habla Elena. 


Aunque tardía en la forma de manifestar su creatividad, no por ello me desmerece interés.

6 de marzo de 2015

María Luisa Bombal

Resumen de la reunión
“Ah, mi pobre Anita, tal vez sea ésta la vida de nosotros todos. ¡Ese eludir o perder nuestra verdadera vida encubriéndola tras una infinidad de pequeñeces con aspecto de cosas vitales!”
“La historia de María Griselda”

A favor
Gustó de María Luisa Bombal la creación de un mundo femenino compacto, de mujeres que cuentan su historia una y otra vez, y se asoman a una felicidad imposible, mirándola desde una tranquera en medio de la pampa. Son protagonistas que tienen un poco de las Berenices, Morellas y Ligeias de Poe y hunden sus raíces en la naturaleza.
Gustó la originalidad de “La amortajada”, su punto de vista, su logro de parar el tiempo para alcanzar a partir de ese instante congelado el tiempo ilimitado de la memoria (idea preciosa de nuestra compañera Josefina).

En contra
Sus (para mí) cuentos son demasiado oscuros, una oscuridad que no te motiva a buscar lo que hay detrás porque la mayoría de las veces, no hay nada. Lirismo excesivo a lo sumo.
Sus mujeres y sus gestos me resultan demasiado decimonónicos. Infantiles a veces, como Brígida y su árbol.
Sus gaviotas eclipsan hallazgos interesantes como esas “islas nuevas”, “humeantes aún del esfuerzo que debieron hacer para subir de quién sabe qué estratificaciones profundas”.
Con el permiso de Borges y el resto de sus fans (aquellos que inconsistentemente señalan “La amortajada” como un antecedente de Pedro Páramo, por ejemplo), el lugar privilegiado en la literatura hispanoamericana que asignan a Bombal lo voy a guardar para otro autor un poco menos sobrevalorado.


5 de marzo de 2015

Coincidencias IV

Poemas en los bolsillos 


Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

Luis Cernuda


El 25 de agosto de 1987 Héctor Abad Gómez fue tiroteado en Medellín. Llevaba en el bolsillo un poema de Borges con un primer verso estremecedor: Ya somos el olvido que seremos.

El 22 de febrero de 1939 murió Antonio Machado. Su hermano encontró en un bolsillo de su abrigo, este último verso: “Estos días azules y este sol de mi infancia...”.
Poesía hallada en el bolsillo de un combatiente vietnamita muerto durante la guerra: “Ho Thien” – “El niño que no habló”.



El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince


El 25 de agosto de 1987 Héctor Abad Gómez fue tiroteado en Medellín. Llevaba en el bolsillo un poema de Borges con un primer verso estremecedor: “Ya somos el olvido que seremos”.
Su hijo Héctor Abad Faciolince siguió el rastro de los asesinos (y el rastro de ese poema). No se me ocurre un ejercicio más difícil. Sobre todo cuando el resultado trasciende la denuncia y el amor filial para acercarse a la literatura.
Para dar ese paso, lo particular se vuelve universal y detrás del hecho puntual hay una reflexión eterna. Junto al nombre de Borges, surge la otra clave del libro: Jorge Manrique. Estas nuevas coplas también se desdoblan: son homenaje, reflexión sobre la propia muerte y recuerdo de nuestro lugar en el mundo, entre la memoria y el olvido.
Aunque el autor no quería convertirlo en hagiografía, flaquea un poco en este punto y el protagonista tiene algo de Atticus Finch, de padre-héroe que todos los hijos desean.
Otras buenas ideas quizás no aparezcan resueltas a la perfección, pero están ahí. El narrador evoluciona desde un tono infantil y va creciendo con sus recuerdos. La muerte se congela y solo se nos muestra completa cuando ha sido contada por cada personaje.
Abad Gómez decía que la violencia es un nuevo tipo de peste, una epidemia. Él la combatió a su manera, y gracias a su hijo esa lucha será eterna desde la memoria y la palabra.
El verso de Borges es brutal. Certero. Más que los disparos. Estuvo desgraciadamente oportuno el argentino prestándoselo al doctor Abad.

*Héctor Abad Faciolince relata en el libro que asistió a las clases de José de la Colina, maestro del cuento cuyo texto “La culta dama” preside nuestro blog*

Héctor Abad Faciolince
El olvido que seremos
Barcelona, Seix Barral, 2006



Epitafio

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso, con esperanza, en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.

4 de marzo de 2015

Como agua para chocolate de Laura Esquivel


Alabo de este libro su coherencia y la acertada decisión (que fatalmente se convirtió en moda) de redescubrir lo literaria que es la gastronomía y lo gastronómica que se puede volver la literatura.
Entre los inevitables retazos de realismo mágico y una revolución mexicana que deja escapar a pocas novelas, la cocina es el centro de la trama y del mundo. Y su reina, Tita, una “diosa Ceres” con la sagrada misión de alimentar.
La cocina es comunicación y punto de unión de Tita con la realidad.
La cocina es su referente y su manera de explicar el mundo. Así, el amor es un buñuelo que entra en contacto con el aceite hirviendo.
La cocina es poesía, con versos sonoros y evocadores como “Mole de guajolote con almendra y ajonjolí” o “Frijoles gordos con chile a la Tezcuana”.
La cocina es tiempo, ordenando la vida en recetarios.  
La cocina es ciencia ancestral y mágica, que equipara la cocinera a la hechicera, el fogón al laboratorio. La “teoría de los cerillos” es uno de los pasajes de la novela que más ha trascendido:
“todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más (…) si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos (…) el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; (…) Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir”.
En cualquier caso, Tita es mejor cocinera que Laura Esquivel, que se quedó corta en la cocción de algunos personajes (ese Pedro tan tan crudo, esa Gertrudis que parece representar la libertad absoluta y que termina casada y vestida…). Todo lo contrario le pasó con el final de la novela, demasiado tiempo en el horno, tan cósmico, tan elaborado que es difícilmente digerible.
Sin embargo, nos ha regalado algunas escenas decisivas: el nacimiento de Tita entre un torrente de lágrimas porque su madre estaba cortando cebolla, esas bodas marcadas por la melancolía y la felicidad, una colcha tejida incansablemente contra un frío imposible de combatir…
La cocina es vida. Por eso Tita se mantiene a flote a pesar de estar condenada por una tradición tan absurda como imposible de continuar.

Laura Esquivel
Como agua para chocolate
Barcelona, Círculo de lectores, 1993



2 de marzo de 2015

Cajas chinas

"Fíjate que nunca he podido acabar una novela rusa. Son tan trabajosas… Aparecen millares de tipos y al final resulta que no son más que cuatro o cinco. Pero claro, cuando te empiezas a orientar con un señor que se llama Alexandre, luego resulta que se llama Sacha y luego Sachka y luego Sachenka, y de pronto algo grandioso como Alexandre Alexandrovitch Bunine y más tarde es simplemente Alexandre Alexandrovitch. Apenas te has orientado, ya te despistan nuevamente. Es cosa de no acabar: cada personaje parece una familia. No me vas a decir que no es agotador".

Ernesto Sábato
El túnel
1948


El túnel de Ernesto Sábato y el lector masoquista



"Novelas en esta época.
Que las escriban, vaya y pase…,
¡pero que las lean!”

Sábato se permite el lujo de vendernos su novela como la mera confesión de un asesino. Nos dispara el crimen a bocajarro en la primera línea y se toma la licencia de ponerse a filosofar varios párrafos. Nos desafía avisándonos claramente de que no nos va a proporcionar explicaciones. Censura nuestra curiosidad morbosa. Nos insulta, a nosotros, “los lectores de estas páginas en particular”.
¿Por qué no abandonamos? ¿Por qué no nos marchamos ofendidos y nos vengamos cerrando el libro?
Porque de pronto nos da una poderosa razón para seguir leyendo: “Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”.

Perdonaremos a Sábato porque nos regala otra cosa más. Esa imagen poderosa de la soledad que es el túnel.
A veces ventanita engañosa en un cuadro o en un calabozo, a veces puente-trampa*, en todo caso “un solo túnel, oscuro y solitario”, del que deriva una razón para matar, obvia y absurda: “Tengo que matarte, María. Me has dejado solo”.

En algún punto ese túnel se vuelve espejo. ¿Por qué si no nos aferramos a una historia tan llena de silencios, tan incompleta? Sábato no nos deja confiar en el narrador y su relato obsesivo y sesgado; tampoco nos deja apoyarnos en el personaje que hace girar la trama, María, porque nunca llegamos a conocerla ni escucharla; nos inquieta y nos distrae con conversaciones frívolas, secundarios ligeros, un ciego que no quiere ver o que ve más de lo que parece…

Ventana, puente, espejo, laberinto, TÚNEL, “y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado”.

-
* “por un instante su mirada se ablandó y pareció ofrecerme un puente; pero sentí que era un puente transitorio y frágil colgado sobre un abismo”. 



El túnel de Ernesto Sábato




En general la novela resultó un tanto “cargante”, por lo repetitivo que resultaban las reflexiones del protagonista. Monótonas e inquisitivas cuestiones acerca de la coprotagonista, de sus relaciones con el resto de los personajes y de sus reacciones respecto a Castel,  sin respuesta objetiva y que solo incrementan el misterio sobre María, sin que este llegue a resolverse. Este suspense dará pie a que el lector demande una continuación o, al menos, aclarar la realidad de María.
Aunque algunos de nosotros ya la habíamos leído, ahora con el paso del tiempo, con el cambio de mentalidad experimentado por nuestra sociedad respecto a las relaciones entre hombres y mujeres en cuanto a cuestiones de pareja, percibimos otra premisa que antes apenas parecía latente y que ahora la vemos tan claramente que incluso sobresale por encima del tema principal pretendido por el autor. (Permitiéndome un inciso diré que esto me lleva a pensar que la literatura es algo vivo, que nace, crece…, se transforma con los años, con los lectores, con las circunstancias sociales…).  Si en un principio juzgamos la novela como una manifestación existencialista, ahora vemos más. Las actitudes, los pensamientos, las frases de Castel están impregnadas de un machismo ancestral, acompañado de su enorme egocentrismo, que lo llevan a ejercer un maltrato psicológico e incluso en ocasiones físico sobre María.
El principio es el final del relato, presenta en ello cierto anacronismo. Personalmente pienso que el motivo principal de Castel al relatar su crimen es hacer una introspección, tal vez para conseguir averiguar algo más sobre María; tal vez para objetivar ante los demás su acción, aunque manifiestamente se siente superior, soberbio, altivo, y despreciativo o,  tal vez por eso, para jactarse; tal vez para hallar su ventanita, su esperanza para huir de su esquizofrenia.
Un ser solitario por decisión propia, dominado por una obsesión, por los celos hacia una mujer, misteriosa en los comienzos y que así permanece, incluso después del final. ¿Como la vida? Tal vez en esto se vea el existencialismo. El conflicto del ser. ¿Es María el reflejo de la vida? ¿Acaso el pintor quiere dibujar a la vida del mismo modo que trata a la mujer? Como enfermedad y, al mismo tiempo, como salvación que no logra orientar.

En cualquier caso, la estructura de la novela se nos presenta como un túnel, pero con una salida, ventana, abrupta, brutal, reflejo de la búsqueda paulatina y constante que nos acerca al final. Bien podría haberla titulado La Ventana, aunque parecen contraponerse ambos títulos, según el sentido espiral que le imprime, girando sobre sí misma, una y otra vez, como el pensamiento del protagonista.

El relato de una paranoia narrado obsesivamente.

Ernesto Sábato
El túnel
Madrid, Cátedra, 2005



27 de febrero de 2015

El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta


Neruda y su fama consiguen hasta cambiarle el título a los libros, pero hay otro protagonista en esta novela: la metáfora (que no la poesía).
La metáfora está en todas partes, la rutina se la ha tragado. Aunque la madre de Beatriz quiera contraatacarla con su versión más prosaica, los refranes, ambos juegos del lenguaje no dejan de ser las dos caras de una misma moneda. El mundo se explica, se representa y se disfruta a través de una gran metáfora gracias a la cual el cartero y el poeta están del mismo lado, compartiendo mirada.

No hay calificativo más vago y vacuo que el de “bonito” para un libro, pero es que esta novela es BONITA. La belleza está en los lugares más insospechados: en una grabadora, en una bicicleta y en la trivial descripción de Beatriz, genial presentación de personaje a la vez que declaración de amor inmensa: “jugando con los oxidados muñecos azules se encontraba la muchacha más hermosa que recordara haber visto, incluidas actrices, acomodadoras de cine, peluqueras, colegiales, turistas y vendedoras de discos”.
Escrito con total coherencia, el libro es un manifiesto vital y literario que nos recuerda la ubicuidad de la poesía. Por algo ha triunfado tanto su reivindicación: “¡La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa!”.
Mario Jiménez es el lector que cualquier Neruda y cualquier poeta esperan tener, mareándose con sus versos sobre el mar (a la altura de Antonio José Bolívar Proaño, el viejo que leía novelas de amor).

No sé qué tienen las cartas y los carteros que son tan evocadores y han inspirado tantas ficciones… Desde Mario, el cartero con un solo cliente, a Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix en la película Her, cuyo trabajo es dictar cartas conmovedoras a un ordenador, cartas de otros y para otros que una máquina convierte en manuscritos... 

Antonio Skármeta
El cartero de Neruda
Barcelona, Plaza & Janés, 1996



25 de febrero de 2015

Coincidencias III


“Pienso en Reyes como en el mejor estilista de la prosa española de este siglo; con él he aprendido mucho sobre simplicidad y manera directa de escribir"
Jorge Luis Borges

De Alfonso Reyes a Carlos Fuentes. Conversación entre mexicanos.
De 1912 a 1962.
De La cena a Aura.
En ambos cuentos la cita es ineludible. Un hombre contra dos mujeres y un recuerdo.  Una casa con un jardín. La realidad que se vuelve por momentos sueño, fantasía, locura.
La tiranía del tiempo es más evidente en La cena, donde los relojes se multiplican. También el presentimiento del protagonista, que Fuentes ataca desde la segunda persona y el uso del futuro.
Donde hay una foto había un retrato-espejo. Y así a la conversación llegan todos los relatos de cuadros mágicos.

Reyes se permite un final a lo Coleridge: si al despertar tengo en la mano la rosa con la cual soñé, ¿entonces qué?...


Aura de Carlos Fuentes


Poco tiene que ver Aura con las novelas de su autor, tan totales, densas y mexicanas.
Aura es puro cuento: pura estructura, puro ambiente, pura flecha (como las de Horacio Quiroga), directa al lector.
“Lees ese anuncio”. Carlos Fuentes elige la segunda persona para enganchar con la primera palabra. “Parece dirigido a ti, a nadie más”. A ti Felipe Montero y a ti lector.
Leerás Aura y con su protagonista te irás adentrando en una casa oscura, húmeda, frondosa, intensa, en el centro de México y en el centro del tiempo. Leerás cada página con los cinco sentidos, porque  “sientes un frío húmedo”, bebes un “vino particularmente espeso”, “sigues el susurro de una falda” y es “esa voz aguda y cascada” la que te advierte aunque todavía no la conozcas, “esa voz”, porque hasta los demostrativos hay que aplaudirle a Fuentes.
Te imaginarás tu nombre en el anuncio del periódico y te reflejarás en un espejo, y así, en este juego de posiciones y miradas, te mostrarás, porque Fuentes no nos permite mirar de frente a sus personajes sin vernos a nosotros mismos.
Te debatirás entre el sueño y la pesadilla, te asquearán las ratas y los gatos, jugarás con baúles secretos y llaves mohosas. Te plantearás la locura. Te confundirán los candelabros y te creerás en un cuento gótico.
Participarás en un sacrificio voluptuoso con la guía de unos ojos verdes, entre sábanas que no cubren el cuerpo sino que lo “velan”, el mismo “cuerpo que –solo- creerás haber poseído” y que te toca con esos “dedos sin temperatura”.
Reescribirás las memorias del general Llorente, asistirás a las paulatinas revelaciones: una escena macabra coreografiada, unas fotografías (cómo no). Te encontrarás frente a frente con el horror.
Y entonces el autor nos regalará su particular definición de lo fantástico: “invadido por un placer que jamás has conocido, que sabías parte de ti, pero que sólo ahora experimentas plenamente, liberándolo, arrojándolo fuera, porque sabes que esta vez encontrarás respuesta”.
Leerás de nuevo, y en esa segunda lectura disfrutarás con las pistas, ya que  “siempre has creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie”, por eso tomas precauciones y “antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro (…) Tratas, inútilmente, de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado”.
Entre el “Lees ese anuncio” y el “tú has regresado también”, la totalidad: la casa viva, cárcel podrida y sofocante, presencias y dobles, fantasmas, mentiras y secretos, juventud y belleza ansiadas y compradas, ángeles y demonios como caras de la misma moneda, lecturas y reescrituras, pasados y presentes sin futuro, muerte por todas partes, dobles y reflejos, espejos y laberintos, ritos y representaciones,  y sobre todo, el tiempo detenido. “Cuando el vaho opaque otra vez el rostro, estarás repitiendo ese nombre, Aura”.

Está escrito. 


Carlos Fuentes
Aura
Madrid, Alianza, 1994




24 de febrero de 2015

Coincidencias II


En Diario de la guerra del cerdo un personaje de Bioy se quejaba:

“-Hay que oponerse al cambio de nombres. Cada veinte años cambian las casas, cambian los nombres de las calles…
-Cambia la gente (…)
-No hay razón para considerar que es la misma ciudad”.

En Aura también cambian las calles, y disparatadamente, los números:

“Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado «47» encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924 (…) bajas la mirada al zaguán despintado y descubres 815, antes 69”.



Aura en la voz de Carlos Fuentes


Altamente recomendable: Carlos Fuentes leyendo su cuento Aura.
Así sí, con los cinco sentidos, penetramos a la vez que Felipe Montero en esa casa de la calle Donceles...

23 de febrero de 2015

Diario de la guerra del cerdo


“Últimamente he caído en la mala costumbre de preguntarme si lo que me sucede no estará sucediéndome por última vez”

En los buenos libros sobran las sinopsis en las tapas. La de esta novela comete el error imperdonable de adelantarse y desvelar una trama que Bioy había tenido mucho cuidado en tejer. Leer ese resumen nos priva de disfrutar enteramente de la levedad del autor para envolvernos en una guerra diluida, nebulosa, absurda, increíble.
A este libro hay que entrar a ciegas.
Imposible no hablar (otra vez) de la elegancia de Bioy. Elegancia en su prosa, en la presentación de personajes y ambientes, en la sutil ironía, en los destellos poéticos y en ese final de tango.
Diario de la guerra del cerdo es una pequeña joya, un genial hallazgo y una sorpresa. Falso diario que va mucho más allá de ese Isidoro Vidal sin ninguna pretensión de narrador, otro cobarde en una novela de cobardes alimentados por un “odio bastante asustado”.
La guerra que inician los jóvenes es feroz, cargada de simbolismo; el conflicto es universal y Bioy entra en él con absoluta genialidad, pero no se conforma. También plantea reflexiones sobre el mal banal que se vuelve cotidiano, la impunidad, la soledad, el absurdo de la violencia… Y es que los jóvenes saben que “matar a un viejo equivale a suicidarse”.
Lo mejor, dejar hablar a Bioy y a sus personajes, aunque “Hablando nadie se entiende. Nos entendemos a favor o en contra, como manadas de perros que atacan o repelen un circunstancial enemigo”.
La animalización del ser humano es una de las claves de la novela. “Descubrir tanto odio, en mis propios compatriotas, les juro, me entristece (…). Ya no hay lugar para individuos (…). Sólo hay muchos animales, que nacen, se reproducen y mueren. La conciencia es la característica de algunos, como de otros las alas o los cuernos”.
En esta guerra, Bioy nos concede pequeñas treguas en los momentos más brutales. Como esa escena del velorio, en la que “Toda persona que llega renueva la tristeza. Lo he comprobado. Los que ya están en el velorio aceptan la ley de las cosas: la vida sigue, no hay más remedio que distraerse, pero los recién venidos ponen en evidencia al muerto”.
O esos personajes que con un par de líneas consiguen un protagonismo inusitado, como aquel “mentecato” que es las paredes del prostíbulo escribe, “invariablemente”, “Angélica, siempre te busco”.
O la vieja de los gatos.
 “-La vieja de los gatos- asintió Rey-¿Qué podías echarle en cara? Una extravagancia, alimentar gatos. Pues nada, ayer en la esquina de su casa, una cáfila de muchachuelos la mató a golpes, a vista y paciencia de los transeúntes.
-Y de los gatos- agregó Jimi, que no toleraba por mucho tiempo las tristezas”.

En la guerra del cerdo, todos pierden.

Ya lo decía el tango:

Me encuentro sin chance en esta jugada...
La muerte sin grupo ha entrado a tallar...