27 de febrero de 2015

El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta


Neruda y su fama consiguen hasta cambiarle el título a los libros, pero hay otro protagonista en esta novela: la metáfora (que no la poesía).
La metáfora está en todas partes, la rutina se la ha tragado. Aunque la madre de Beatriz quiera contraatacarla con su versión más prosaica, los refranes, ambos juegos del lenguaje no dejan de ser las dos caras de una misma moneda. El mundo se explica, se representa y se disfruta a través de una gran metáfora gracias a la cual el cartero y el poeta están del mismo lado, compartiendo mirada.

No hay calificativo más vago y vacuo que el de “bonito” para un libro, pero es que esta novela es BONITA. La belleza está en los lugares más insospechados: en una grabadora, en una bicicleta y en la trivial descripción de Beatriz, genial presentación de personaje a la vez que declaración de amor inmensa: “jugando con los oxidados muñecos azules se encontraba la muchacha más hermosa que recordara haber visto, incluidas actrices, acomodadoras de cine, peluqueras, colegiales, turistas y vendedoras de discos”.
Escrito con total coherencia, el libro es un manifiesto vital y literario que nos recuerda la ubicuidad de la poesía. Por algo ha triunfado tanto su reivindicación: “¡La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la usa!”.
Mario Jiménez es el lector que cualquier Neruda y cualquier poeta esperan tener, mareándose con sus versos sobre el mar (a la altura de Antonio José Bolívar Proaño, el viejo que leía novelas de amor).

No sé qué tienen las cartas y los carteros que son tan evocadores y han inspirado tantas ficciones… Desde Mario, el cartero con un solo cliente, a Theodore Twombly, el personaje que interpreta Joaquin Phoenix en la película Her, cuyo trabajo es dictar cartas conmovedoras a un ordenador, cartas de otros y para otros que una máquina convierte en manuscritos... 

Antonio Skármeta
El cartero de Neruda
Barcelona, Plaza & Janés, 1996



25 de febrero de 2015

Coincidencias III


“Pienso en Reyes como en el mejor estilista de la prosa española de este siglo; con él he aprendido mucho sobre simplicidad y manera directa de escribir"
Jorge Luis Borges

De Alfonso Reyes a Carlos Fuentes. Conversación entre mexicanos.
De 1912 a 1962.
De La cena a Aura.
En ambos cuentos la cita es ineludible. Un hombre contra dos mujeres y un recuerdo.  Una casa con un jardín. La realidad que se vuelve por momentos sueño, fantasía, locura.
La tiranía del tiempo es más evidente en La cena, donde los relojes se multiplican. También el presentimiento del protagonista, que Fuentes ataca desde la segunda persona y el uso del futuro.
Donde hay una foto había un retrato-espejo. Y así a la conversación llegan todos los relatos de cuadros mágicos.

Reyes se permite un final a lo Coleridge: si al despertar tengo en la mano la rosa con la cual soñé, ¿entonces qué?...


Aura de Carlos Fuentes


Poco tiene que ver Aura con las novelas de su autor, tan totales, densas y mexicanas.
Aura es puro cuento: pura estructura, puro ambiente, pura flecha (como las de Horacio Quiroga), directa al lector.
“Lees ese anuncio”. Carlos Fuentes elige la segunda persona para enganchar con la primera palabra. “Parece dirigido a ti, a nadie más”. A ti Felipe Montero y a ti lector.
Leerás Aura y con su protagonista te irás adentrando en una casa oscura, húmeda, frondosa, intensa, en el centro de México y en el centro del tiempo. Leerás cada página con los cinco sentidos, porque  “sientes un frío húmedo”, bebes un “vino particularmente espeso”, “sigues el susurro de una falda” y es “esa voz aguda y cascada” la que te advierte aunque todavía no la conozcas, “esa voz”, porque hasta los demostrativos hay que aplaudirle a Fuentes.
Te imaginarás tu nombre en el anuncio del periódico y te reflejarás en un espejo, y así, en este juego de posiciones y miradas, te mostrarás, porque Fuentes no nos permite mirar de frente a sus personajes sin vernos a nosotros mismos.
Te debatirás entre el sueño y la pesadilla, te asquearán las ratas y los gatos, jugarás con baúles secretos y llaves mohosas. Te plantearás la locura. Te confundirán los candelabros y te creerás en un cuento gótico.
Participarás en un sacrificio voluptuoso con la guía de unos ojos verdes, entre sábanas que no cubren el cuerpo sino que lo “velan”, el mismo “cuerpo que –solo- creerás haber poseído” y que te toca con esos “dedos sin temperatura”.
Reescribirás las memorias del general Llorente, asistirás a las paulatinas revelaciones: una escena macabra coreografiada, unas fotografías (cómo no). Te encontrarás frente a frente con el horror.
Y entonces el autor nos regalará su particular definición de lo fantástico: “invadido por un placer que jamás has conocido, que sabías parte de ti, pero que sólo ahora experimentas plenamente, liberándolo, arrojándolo fuera, porque sabes que esta vez encontrarás respuesta”.
Leerás de nuevo, y en esa segunda lectura disfrutarás con las pistas, ya que  “siempre has creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie”, por eso tomas precauciones y “antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro (…) Tratas, inútilmente, de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado”.
Entre el “Lees ese anuncio” y el “tú has regresado también”, la totalidad: la casa viva, cárcel podrida y sofocante, presencias y dobles, fantasmas, mentiras y secretos, juventud y belleza ansiadas y compradas, ángeles y demonios como caras de la misma moneda, lecturas y reescrituras, pasados y presentes sin futuro, muerte por todas partes, dobles y reflejos, espejos y laberintos, ritos y representaciones,  y sobre todo, el tiempo detenido. “Cuando el vaho opaque otra vez el rostro, estarás repitiendo ese nombre, Aura”.

Está escrito. 


Carlos Fuentes
Aura
Madrid, Alianza, 1994




24 de febrero de 2015

Coincidencias II


En Diario de la guerra del cerdo un personaje de Bioy se quejaba:

“-Hay que oponerse al cambio de nombres. Cada veinte años cambian las casas, cambian los nombres de las calles…
-Cambia la gente (…)
-No hay razón para considerar que es la misma ciudad”.

En Aura también cambian las calles, y disparatadamente, los números:

“Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado «47» encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924 (…) bajas la mirada al zaguán despintado y descubres 815, antes 69”.



Aura en la voz de Carlos Fuentes


Altamente recomendable: Carlos Fuentes leyendo su cuento Aura.
Así sí, con los cinco sentidos, penetramos a la vez que Felipe Montero en esa casa de la calle Donceles...

23 de febrero de 2015

Diario de la guerra del cerdo


“Últimamente he caído en la mala costumbre de preguntarme si lo que me sucede no estará sucediéndome por última vez”

En los buenos libros sobran las sinopsis en las tapas. La de esta novela comete el error imperdonable de adelantarse y desvelar una trama que Bioy había tenido mucho cuidado en tejer. Leer ese resumen nos priva de disfrutar enteramente de la levedad del autor para envolvernos en una guerra diluida, nebulosa, absurda, increíble.
A este libro hay que entrar a ciegas.
Imposible no hablar (otra vez) de la elegancia de Bioy. Elegancia en su prosa, en la presentación de personajes y ambientes, en la sutil ironía, en los destellos poéticos y en ese final de tango.
Diario de la guerra del cerdo es una pequeña joya, un genial hallazgo y una sorpresa. Falso diario que va mucho más allá de ese Isidoro Vidal sin ninguna pretensión de narrador, otro cobarde en una novela de cobardes alimentados por un “odio bastante asustado”.
La guerra que inician los jóvenes es feroz, cargada de simbolismo; el conflicto es universal y Bioy entra en él con absoluta genialidad, pero no se conforma. También plantea reflexiones sobre el mal banal que se vuelve cotidiano, la impunidad, la soledad, el absurdo de la violencia… Y es que los jóvenes saben que “matar a un viejo equivale a suicidarse”.
Lo mejor, dejar hablar a Bioy y a sus personajes, aunque “Hablando nadie se entiende. Nos entendemos a favor o en contra, como manadas de perros que atacan o repelen un circunstancial enemigo”.
La animalización del ser humano es una de las claves de la novela. “Descubrir tanto odio, en mis propios compatriotas, les juro, me entristece (…). Ya no hay lugar para individuos (…). Sólo hay muchos animales, que nacen, se reproducen y mueren. La conciencia es la característica de algunos, como de otros las alas o los cuernos”.
En esta guerra, Bioy nos concede pequeñas treguas en los momentos más brutales. Como esa escena del velorio, en la que “Toda persona que llega renueva la tristeza. Lo he comprobado. Los que ya están en el velorio aceptan la ley de las cosas: la vida sigue, no hay más remedio que distraerse, pero los recién venidos ponen en evidencia al muerto”.
O esos personajes que con un par de líneas consiguen un protagonismo inusitado, como aquel “mentecato” que es las paredes del prostíbulo escribe, “invariablemente”, “Angélica, siempre te busco”.
O la vieja de los gatos.
 “-La vieja de los gatos- asintió Rey-¿Qué podías echarle en cara? Una extravagancia, alimentar gatos. Pues nada, ayer en la esquina de su casa, una cáfila de muchachuelos la mató a golpes, a vista y paciencia de los transeúntes.
-Y de los gatos- agregó Jimi, que no toleraba por mucho tiempo las tristezas”.

En la guerra del cerdo, todos pierden.

Ya lo decía el tango:

Me encuentro sin chance en esta jugada...
La muerte sin grupo ha entrado a tallar...