4 de marzo de 2015

Como agua para chocolate de Laura Esquivel


Alabo de este libro su coherencia y la acertada decisión (que fatalmente se convirtió en moda) de redescubrir lo literaria que es la gastronomía y lo gastronómica que se puede volver la literatura.
Entre los inevitables retazos de realismo mágico y una revolución mexicana que deja escapar a pocas novelas, la cocina es el centro de la trama y del mundo. Y su reina, Tita, una “diosa Ceres” con la sagrada misión de alimentar.
La cocina es comunicación y punto de unión de Tita con la realidad.
La cocina es su referente y su manera de explicar el mundo. Así, el amor es un buñuelo que entra en contacto con el aceite hirviendo.
La cocina es poesía, con versos sonoros y evocadores como “Mole de guajolote con almendra y ajonjolí” o “Frijoles gordos con chile a la Tezcuana”.
La cocina es tiempo, ordenando la vida en recetarios.  
La cocina es ciencia ancestral y mágica, que equipara la cocinera a la hechicera, el fogón al laboratorio. La “teoría de los cerillos” es uno de los pasajes de la novela que más ha trascendido:
“todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más (…) si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos (…) el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; (…) Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir”.
En cualquier caso, Tita es mejor cocinera que Laura Esquivel, que se quedó corta en la cocción de algunos personajes (ese Pedro tan tan crudo, esa Gertrudis que parece representar la libertad absoluta y que termina casada y vestida…). Todo lo contrario le pasó con el final de la novela, demasiado tiempo en el horno, tan cósmico, tan elaborado que es difícilmente digerible.
Sin embargo, nos ha regalado algunas escenas decisivas: el nacimiento de Tita entre un torrente de lágrimas porque su madre estaba cortando cebolla, esas bodas marcadas por la melancolía y la felicidad, una colcha tejida incansablemente contra un frío imposible de combatir…
La cocina es vida. Por eso Tita se mantiene a flote a pesar de estar condenada por una tradición tan absurda como imposible de continuar.

Laura Esquivel
Como agua para chocolate
Barcelona, Círculo de lectores, 1993



No hay comentarios:

Publicar un comentario